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El legado del béisbol olímpico: de Estocolmo a Barcelona

Victor Mesa en Barcelona 1992

Víctor Mesa en Barcelona 1992

En la centenaria historia del béisbol su presencia en citas estivales se inscribe como uno de los puntos culminantes, aunque no todos le hayan concedido la importancia que realmente tuvo, en pretérito, porque la pelota realizó en Beijing 2008 su última presentación olímpica y su retorno al movimiento dependerá de la unión de tan diversos factores que no pocos muestran su pesimismo.

El béisbol apareció por primera vez en los Juegos de Estocolmo, en 1912, pero solo se desarrolló un partido entre una selección norteamericana y otra sueca. Cuentan que los locales se sintieron tan intimidados al observar el calentamiento de sus rivales que les solicitaron el préstamo de un lanzador y un receptor. Los estadounidenses accedieron a la inusual petición y ganaron el primer juego olímpico por 13 carreras contra 3. Hasta nuestra fecha llegan los rumores de una posible participación en el desafío del indio Jim Thorpe, el hombre que ganaría en la capital sueca el decatlón.

Ya en 1932 hubo intentos más serios por incluir un torneo de pelota en Los Ángeles; sin embargo, las tentativas fracasaron porque el Comité Organizador planteó que los contactos llegaron muy tarde y ellos tenían previstas otras modalidades de exhibición. Aunque parezca increíble, fue en Berlín, Alemania, un lugar donde el béisbol apenas era conocido, donde se convocó a un evento más completo. Debían asistir dos equipos invitados: Japón y Estados Unidos. Los japoneses no hicieron el viaje y en su lugar los norteamericanos presentaron dos novenas, las cuales efectuaron un único desafío, en el estadio olímpico berlinés, ante una concurrencia calculada entre 90 mil y 120 mil personas, tal vez el juego de mayor asistencia de todos los tiempos.

En 1940 las condiciones estaban creadas para que el béisbol hiciera su debut oficial en Tokio. Esta vez tampoco pudo ser por causa de la II Guerra Mundial. Doce años después, en Helsinki, se realizó un choque en el que un grupo de atletas estadounidenses vapulearon a una selección finlandesa 19 anotaciones por 1. La pelota tuvo una nueva exhibición en Melbourne, 1956, mediante un juego entre militares norteamericanos y una selección nipona. Aquel duelo, efectuado en el estadio Cricket Ground, la sede del atletismo olímpico, apenas tuvo presencia de fanáticos en las gradas en los primeros inning; luego, ante la cercanía de una competencia de atletismo, más de 110 mil personas terminaron observando la victoria de los inventores del béisbol por 11 a 5.

Finalmente Tokio pudo organizar su Olimpiada en 1964 y allí solo se jugó un partido, también de exhibición, entre una selección de colegiales estadounidenses y otra de japoneses. El triunfo sonrió a los visitantes por 6 a 2, la última ocasión en que el béisbol desarrolló un único partido en una cita estival.

Después de veinte años de ausencia, la pelota regresó a las Olimpiadas, nuevamente como exhibición, solo que ahora con un torneo que involucró a ocho equipos. La ausencia cubana de esos Juegos impidió su debut y los locales, quienes contaban en sus filas con el entonces jugador amateur Mark McGwire—quien ese mismo año visitó La Habana—cayeron en el juego final contra los japoneses por 6 a 3.

En Seúl, otro sitio donde la pelota cuenta con millones de seguidores, se efectuó un evento similar al de Los Ángeles y los rivales de la final fueron los mismos que cuatro años atrás, solo que el resultado favoreció a los norteamericanos por 5 a 3, con un gran trabajo del conocido lanzador manco Jim Abbott y dos jonrones de la primera base Tino Martínez. Apenas diez días antes de la exhibición en Seúl, en el Campeonato Mundial de Italia, Cuba había derrotado a los estadounidenses, en buena medida por el inolvidable cuadrangular de Lourdes Gourriel en la parte baja del noveno capítulo, contra un lanzamiento de Abbott.

La persistencia rindió sus frutos y el Comité Olímpico Internacional decidió incluir al béisbol como un deporte oficial para el programa de competencias de los Juegos de Barcelona, en 1992. En la Ciudad Condal, Cuba inauguró por todo lo alto su participación olímpica y con un equipo repleto de estrellas arrasó a todos los rivales. El mentor pinareño Jorge Fuentes apenas sufrió un apuro en los nueve partidos y fue el enfrentamiento contra los norteamericanos en la etapa clasificatoria. Los cubanos salieron debajo en el marcador por cinco carreras; pero un cuadrangular con las bases llenas por el centro del terreno de la segunda base Antonio Pacheco los acercó a una anotación y en el capítulo siguiente tomaron la delantera. El zurdo Omar Ajete se encargó de frenar el empuje ofensivo de los estadounidenses y el triunfo por 9 a 6 mantuvo el invicto antillano.

En el resto de los desafíos se impuso la ofensiva. Con el bate de aluminio en la mano sobresalió Víctor Mesa—quien mostró durante el certamen una inusual barba—, campeón de bateo con un average de 516, producto de sus 16 imparables en 31 turnos y 14 carreras impulsadas. Omar Linares fue el máximo jonronero con cuatro; mientras en el área de los lanzadores, Giorge Díaz y Osvaldo Fernández ganaron dos partidos cada uno.

El cómodo triunfo final por 11 a 1 contra Taipei de China, con magnífica actuación de Giorge Díaz, les permitió a los cubanos ganar la primera medalla de oro olímpica. En 1992 todavía no estaba aprobada la participación de los profesionales; pero eso no resta mérito a una selección que demostró ser, por mucho, la mejor sobre el terreno. Ciertamente Barcelona fue un torneo muy fácil; pero ese panorama cambiaría a partir de los siguientes Juegos.

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