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La Habana y su Olimpiada de ajedrez

Cartel de la Olimpiada Mundial de ajedrez de La Habana en 1966

Cartel de la Olimpiada Mundial de ajedrez de La Habana en 1966

Uno de los eventos más interesantes desarrollados en La Habana de los sesenta del siglo pasado fue la XVII Olimpiada Mundial de ajedrez, la cual convirtió al país en un enorme tablero y centró la atención del mundo deportivo sobre la capital cubana.

Por los salones del hotel “Habana Libre”  desfilaron  más de 300 jugadores, en representación de 52 naciones que asistieron a la Olimpiada, celebrada entre el 23 de octubre y el 20 de noviembre de 1966.

Además del resultado deportivo, en La Habana sucedieron varias cosas que obligan a estudiar el contexto histórico en que se desenvolvió el evento para intentar comprender las reacciones de los norteamericanos y soviéticos.

Antes de iniciarse la competencia, el equipo de la antigua República Federal de Alemania trató de boicotear, con su ausencia, a la Olimpiada; pero no pudo conseguirlo porque las mejores selecciones del mundo sí asistieron.
También la rivalidad política entre la Unión Soviética y los Estados Unidos estaba al rojo vivo y se trasladaba al deporte. La batalla por el primer lugar trascendía al simple resultado deportivo y los jugadores de las dos naciones lo sabían.

En ese contexto se inició la competencia. Las selecciones participantes fueron divididas en siete grupos. Los dos primeros países de cada llave avanzaban hasta la final “A”,  la más importante de la Olimpiada.

La selección de la Unión Soviética era la amplia favorita, pues había ganado siete olimpiadas y los jugadores de mayor fuerza del mundo vivían allí. Para la cita habanera, el equipo presentó a grandes estrellas del ajedrez como Tigrán Petrosián—campeón mundial en aquel momento—, Mijaíl Tal, Víctor Korchnoi y Lev Polugaevski.

El polémico genio Bobby Fischer lideró a los norteamericanos. Un año antes de la Olimpiada, Bobby había intentado asistir a la cuarta edición del Memorial Capablanca; pero el Departamento de Estado le prohibió participar. Entonces, el norteamericano se puso de acuerdo con el Comité Organizador y jugó todas sus partidas a través del teletipo. Para la Olimpiada Bobby sí recibió el permiso de viaje y tuvo una buena actuación; sin embargo, su esfuerzo no fue suficiente para detener a los imbatibles soviéticos.

Cuba fue ubicada en el grupo seis, junto a las potentes selecciones de Hungría y Holanda. Ningún experto les otorgó posibilidades a los cubanos para clasificar hasta la final “A”, porque los locales no tenían a ningún Gran Maestro entre sus filas, solo un Maestro Internacional; mientras los húngaros y holandeses contaban en sus nóminas con varios estelares.
Como indicaban los pronósticos, Hungría paseó la distancia en la llave seis. Cuba y Holanda protagonizaron una férrea e inesperada lucha por la última plaza.
Los cubanos jugaron siete matches, de ellos ganaron cinco, empataron uno y solo cedieron ante los húngaros. Contra Holanda lograron un honroso empate a dos puntos. En total sumaron 21 unidades de 28 posibles y fueron superiores a los holandeses por apenas media unidad. La sorpresa se había concretado: Cuba estaba en la final “A” de la Olimpiada.

Los medios nacionales escribieron: “en este momento el país completo es un gran y poderoso tablero de ajedrez.” El público repletaba las salas de juego y los que no podían entrar seguían las incidencias de las partidas a través de gigantescos tableros murales, colocados en las afueras del hotel “Habana Libre”.

El capitán del equipo cubano fue el primer campeón nacional y gran impulsor del ajedrez,  Eleazar Jiménez Zerquera. Junto a él alinearon Rogelio Ortega, Eldis Cobo y Jesús Rodríguez. Los suplentes fueron Silvino García—quien luego llegaría a ser Gran Maestro— y   Hugo Santa Cruz.

En los otros grupos, los favoritos impusieron su fuerza, especialmente los soviéticos quienes tuvieron una actuación casi perfecta. Los norteamericanos tampoco tuvieron problemas para avanzar en su llave.

El reto para los de la Mayor de las Antillas, en lo adelante, fue mayor porque enfrentaron a las 13 selecciones más fuertes del mundo. Y en realidad no lo hicieron tan mal. Es cierto que no pudieron ganar ningún match; pero al menos no fueron barridos 4 por 0, incluso lograron arrancarle un punto a los Estados Unidos y medio a la Unión Soviética.
 
Los cubanos terminaron en el puesto 14, con 12 unidades. La Unión Soviética corroboró los pronósticos y se impuso con amplitud, al acumular 39,5  puntos por 34,5 los norteamericanos. En la tercera posición concluyó Hungría, con 33,5. Este constituyó el octavo éxito soviético en olimpiadas. Mantuvieron todo el tiempo un juego muy fuerte y estable al extremo de ganar todos los matches y solo empatar uno. Tres de sus jugadores lograron medallas individuales en sus respectivos tableros.

Más allá de los resultados deportivos, la Olimpiada de La Habana tuvo varios momentos de gran tensión, sobre todo con la situación creada entre los equipos de Estados Unidos y la Unión Soviética.
Todo comenzó cuando les tocó enfrentarse en la segunda ronda de la final “A”.
Bobby Fischer, el primer tablero norteamericano, había sido judío; pero años antes se había convertido a la religión de los “Adventistas del Séptimo Día”. Esas personas no pueden efectuar ninguna actividad entre las seis de la tarde del viernes y las seis de la tarde del sábado. Precisamente el día del encuentro frente a  los soviéticos era sábado y la ronda comenzaba a las 4 de la tarde.
Los estadounidenses pidieron que su match fuera reprogramado para que Fischer, que salía de su “retiro” a las seis, pudiera jugar. La respuesta fue un contundente “no”. Entonces los norteamericanos tomaron la decisión de no presentarse en el salón de juego, aunque nunca abandonaron la capital cubana.
Los árbitros les otorgaron todos los puntos a los soviéticos y el escándalo estalló con gran fuerza. Los estadounidenses reclamaron a Folke Rogard, por entonces presidente de la Federación Internacional de ajedrez y finalmente,  bajo grandes presiones de todos los tipos,  los soviéticos accedieron a efectuar un nuevo encuentro ante sus enconados rivales, el cual fue programado para uno de los días de descanso.
En definitiva los soviéticos triunfaron por 2½ a 1½ en el duelo, gracias a la victoria de Mijaíl Tal y de esta forma aseguraron la octava corona. En el primer tablero, Fischer y Boris Spassky—quienes discutirían el título mundial en 1972—firmaron las tablas.
La Olimpiada mundial de ajedrez de La Habana fue una de las mejores de todos los tiempos y contribuyó al auge del ajedrez en Cuba.
En la capital cubana se dieron cita los jugadores más brillantes de aquella época. El joven gobierno revolucionario, sobre todo en la figura de su máximo líder Fidel Castro,  brindó un total apoyo a la organización del torneo.
Los cubanos, en su condición de sede, fueron la gran sorpresa y dejaron una grata impresión en el pueblo que siguió, jugada a jugada, el desenvolvimiento de las partidas.

Este fue el desempeño de los seis integrantes del equipo Cuba.

Primer Tablero: Maestro Internacional (MI) Eleazar Jiménez. Obtuvo 6½ puntos de 15 posibles. Su resultado más importante fue la tabla lograda ante el representante de la entonces Alemania Democrática.

Segundo Tablero: Rogelio Ortega. Alcanzó 4½ unidades en 14 partidas. Brilló en su victoria ante el jugador de Bélgica.

Tercer tablero: Eldis Cobo Arteaga. Resultó el más destacado del equipo, al conseguir 9 puntos en 17 oportunidades para el 53% de efectividad. Logró un sorprendente éxito ante un yugoslavo en la final “A” de la Olimpiada.

Cuarto tablero: Jesús Rodríguez González. Aportó 7½ unidades de 16 posibles. Entabló con el jugador de los Estados Unidos.

Primer suplente: Silvino García Martínez. Obtuvo 3½ de 11 posibilidades. Lo más interesante de su actuación fue la tabla conseguida ante España.

Segundo suplente: Hugo Santa Cruz. Archivó 2 puntos en 7 partidas y tiene el gran mérito de haber entablado contra el representante soviético.

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